Antes de nacer Newton la gravedad no existía. Los cuerpos flotaban en el aire igual que los pájaros y los pájaros no eran aves sino animales con plumas. Los lagos convivían con las nubes en la estratosfera y las mujeres llevaban enaguas para que los más osados no oteasen lo que escondían bajo sus faldas. Desgraciadamente, la teoría de la Gravedad cayó como una losa sobre nuestras espaldas y nos privó de volar. Exceptuando a los animales con plumas, Newton puso a todos los pies en el suelo.
Fue por aquel entonces cuando los humanos empezamos a maquinar formas de cruzar los mares y las montañas que nos separaban. Los primeros vehículos eran caros, lentos y pesados. Moverse pasó a ser un negocio que fue creciendo con el tiempo. A principios del siglo veinte, unos hermanos ingleses hicieron volar una máquina más pesada que el aire. Años más tarde, cientos de aviones surcaban a diario los cielos; la vida tornaba a la tan ansiada normalidad que Newton nos había arrebatado.
Sin embargo, el siglo pasado, alguien volvió a incurrir en la historia haciendo desaparecer otro de nuestros bienes más preciados: el tiempo. Todos los relojes, incluso los de arena, se detuvieron el día que Einstein formuló la Teoría de la Relatividad. Las horas dejaron de ser absolutas y los días se confunden ahora con minutos, y estos a su vez con segundos que a veces resultan eternos. Los lingüistas han tenido que dar giros lingüísticos a palabras como rato o momento, para maquillar el tremendo caos en el que nos hallamos sumergidos.
No quiero parecer agorero al presumir que más sorpresas nos aguardan. Nuevas teorías volverán a cambiar lo establecido y nos acercarán a nuevas realidades que incluso nos parecerán ficticias. Nada es lo que parece por mucho que intentemos remediarlo o por mucho que agudicemos los sentidos. Las ideas, aunque cueste dar con ellas, están al alcance de todos porque existe la gravedad y no son ya una cuestión de tiempo.
miércoles, 10 de enero de 2007
sábado, 16 de diciembre de 2006
1a columna
De Madrid al cielo.
Muchos han sido los artistas que han encotrado su inspiración en Madrid. Velázquez pintó sus salones a través del espejo, Pérez de Ayala describió su vida literaria en Troteras y Danzaderas y Sabina la sitúa a mitad de camino entre el infierno y el cielo.
Desde la Puerta de Oriente hasta la Gran Vía debe haber más de doscientos bares, todos abiertos y llenos de gente hasta que la ciudad se acuesta, rebasada ya la medianoche. El centro en Navidad es un hervidero y la Puerta del Sol se colapsa a finales de año. San Isidro llega con el mes de mayo para despedirse definitivamente del frío invierno que ha dejado atrás y hacerle el último guiño a la primavera. El verano es sofocante pero tranquilo, se llenan las playas y Madrid se vacía hasta que regresa septiembre. Y todo esto vuelve a empezar cada año pero con nueva gente, llegada de todos los rincones.
A mí me gusta el nombre de sus plazas y calles. Concha Espina le debe su fama a una parada de metro, Atocha suena a pueblo de Guipúzcoa y todos hablan de una Castellana que resulta no ser tan estrecha. Los madrileños pueden parecer chulescos, enfermedad de un par de días. En cuanto los conoces son abiertos y desenfadados, gente cercana y en la que puedes confiar.
En fin, que Madrid tiene algo que me cuesta definir en una sola palabra. Quizás porque soy catalán, de Barcelona. Ciudad desde la que también se puede tocar el cielo, pero eso ya os lo explicaré otro día...
Muchos han sido los artistas que han encotrado su inspiración en Madrid. Velázquez pintó sus salones a través del espejo, Pérez de Ayala describió su vida literaria en Troteras y Danzaderas y Sabina la sitúa a mitad de camino entre el infierno y el cielo.
Desde la Puerta de Oriente hasta la Gran Vía debe haber más de doscientos bares, todos abiertos y llenos de gente hasta que la ciudad se acuesta, rebasada ya la medianoche. El centro en Navidad es un hervidero y la Puerta del Sol se colapsa a finales de año. San Isidro llega con el mes de mayo para despedirse definitivamente del frío invierno que ha dejado atrás y hacerle el último guiño a la primavera. El verano es sofocante pero tranquilo, se llenan las playas y Madrid se vacía hasta que regresa septiembre. Y todo esto vuelve a empezar cada año pero con nueva gente, llegada de todos los rincones.
A mí me gusta el nombre de sus plazas y calles. Concha Espina le debe su fama a una parada de metro, Atocha suena a pueblo de Guipúzcoa y todos hablan de una Castellana que resulta no ser tan estrecha. Los madrileños pueden parecer chulescos, enfermedad de un par de días. En cuanto los conoces son abiertos y desenfadados, gente cercana y en la que puedes confiar.
En fin, que Madrid tiene algo que me cuesta definir en una sola palabra. Quizás porque soy catalán, de Barcelona. Ciudad desde la que también se puede tocar el cielo, pero eso ya os lo explicaré otro día...
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